16 de junio de 2006

La Trilogía de las Lágrimas: Trade-Off.

11 de Septiembre del 2003.

Mi papá nos congrega a mis dos hermanos y a mí en la pieza de uno de ellos.

"Chiquillos, el tata está mal. De hecho dijeron en el hospital que es bastante probable que no pase de esta noche."

Hacía bastante rato que estabamos con la idea de que mi abuelo materno iba a morir. De hecho llegué a pensar que era lo mejor que podía pasarle. Peleas familiares internas, una salud muy deteriorada. No era vida la que estaba llevando.

A la mañana siguiente, despierto con una bajada estrepitosa desde el segundo piso por la escalera. Era mi madre, que entre sollozos decía: "¡¡¡NO VOY A LLORAR, NO VOY A LLORAR!!!". Sin yo estar demasiado convencido, le dije "No digas estupideces" mientras la abrazaba junto a mis hermanos.

Velatorio. Capilla de la Catedral Castrense. 13 horas.

Llegamos con mi familia. Habían unas cuantas tías. Mi viejo, sabiendo mi historial de represión emocional, me dice: "Si vas a llorar, hazlo. No guardes tu pena". Ingenuamente pensé que esas palabras eran innecesarias.

Al ingresar a la sala, el féretro estaba cubierto por la bandera chilena. Mi abuelo era médico del Ejército y Coronel, por lo tanto el protocolo militar exigía eso. Sólo mirar esa escena, sin necesidad de mirar por la ventanilla, sin necesidad ni siquiera de acercarme, fue suficiente para echar por tierra mi ingenuidad. Mirar por la ventanilla a mi abuelo pálido no hizo más que acentuar la pena, la tensión facial y el llanto.

Al día siguiente, misa, y luego el entierro en el Parque del Recuerdo junto a mi abuela materna. Dije una doble elegía. Por mis dos abuelos, ya que mi abuela había sido enterrada 16 años antes, sin yo estar presente. Esa pena me la arrancaron. El resto de la gente dijo sus palabras.

Finalmente, un encargado apretó un botón, y las correas comenzaron a moverse. El féretro bajaba. Y mis ojos emularon esa imagen del ángel en las antiguas monedas de 10 pesos. Y lloré como no lo había hecho durante 16 años. Las miradas de algunos miembros de mi familia que no veía hace años decían "Pero qué vergüenza, un hombre de 25 años llorando como si fuera una guagua". No me importaba. Incluso mis hermanos se unieron a mi llanto.

Esa noche me fui a la cama con la sensación de que el Barsita chico había renacido. Había recuperado la capacidad de expresar una emoción muy importante. Ése era mi trade-off. Había perdido a un ser querido, pero recuperé la pena, y eso significó para mí una enorme alegría.

1 comentario:

Tama dijo...

Primero k todo...tuve k leer tus tres comentarios...o escritos...

Creo que tienes razon...aunque en realidad hace un tiempo ha esta parte no me doy el placer de llorar...evito por todos los medios hacerlo, me da rabia llorar, me siento debil...trato de hacerlo ahora sola y cuando tengo esa pena k produce ese llanto...me muerdo el labio y pienso en otra cosa, algo que me kite la concentracion...y sake un poco la sensacion de angustia...

cuando era mas pequeña tenia esa habilidad de llorar...por cosas de la vida uno cambia...

aconsejo llorar...pa poder cerrar los circulos y duelos...y pa poder crecer...pero lo evito conmigo...
lo otro k me sucede es que ahora no se como reaccionar cuando la gente llora...me siento impotente...sin poder kitar esa pena que produce las lagrimas...solo me keda abrazar y tratar de manifestar mi apoyo...


que bueno k hayas podido llorar...
...yo cuando lo hago es con rabia, no por la angustia...sino la rabia k me produce el saber k toy llorando...aunk se k al final me hara bien...


cuidate mucho!!!!



besotes