27 de noviembre de 2007

30 lecciones, y al menos unas 30 más por venir.

Al año aprendí a caminar.
A los 2 años aprendí a leer.
A los 3 años aprendí que no estoy solo en esta tierra, y que hay más niños en este mundo.
A los 4 años aprendí que podía vivir con mis papás y no necesariamente con mis abuelos.
A los 5 años aprendí las señales de tránsito.
A los 6 años aprendí que había otras ciudades aparte de Santiago.
A los 7 años aprendí que la tierra se movía, y muy fuerte.
A los 8 años aprendí que a veces hay que dejar cosas atrás.
A los 9 años aprendí que el matrimonio no es para siempre, y los papás tampoco.
A los 10 años aprendí que a veces uno tiene que asumir responsabilidades que no quiere.
A los 11 años aprendí que puedes botar paredes.
A los 12 años aprendí que el futuro te atrapa, no importa cuánto resistas.
A los 13 años aprendí el camino de la religión.
A los 14 años aprendí que no todo lo que se decía en televisión era verdad y que muchas cosas en el país estaban turbias.
A los 15 años aprendí que el mundo no es la burbujita ABC1 en la cual vivía.
A los 16 años aprendí que hacer deporte es sano.
A los 17 años aprendí que hay veces en que el amor simplemente te atrapa, y que no es necesario perseguirlo.
A los 18 años aprendí que los 12 juegos llegan a su fin, y no siempre de la mejor manera.
A los 19 años aprendí que hay vida "de Plaza Italia para abajo".
A los 20 años aprendí que un miembro muy importante de tu familia te puede decepcionar.
A los 21 años aprendí que hay veces que es mejor apretar la tecla reset de tu vida.
A los 22 años aprendí que las comparaciones son odiosas y envenenan el alma.
A los 23 años aprendí que uno no es un super-hombre y que la fragilidad es lo que nos hace humanos.
A los 24 años aprendí a no ser tan esponjita, y a cuestionar lo que me dicen los mayores.
A los 25 años aprendí que no todo en la vida es el "deber hacer" y el pensar, sino que también el "querer hacer" y sentir.
A los 26 años aprendí que el concepto de "los hombres no lloran" es una completa estupidez.
A los 27 años aprendí que el concepto de "yunta" o "mejor amigo" no es exclusivo de adolescentes.
A los 28 años aprendí que el corazón no se equivoca, y a dejar de ignorarlo.
A los 29 años aprendí que nunca es tarde, y que cada persona vive su propio proceso, por lento que este sea.

Y "me llegó mi hora": Cumplo 30 años. Pero las lecciones aún no se acaban. Si, cabros. Estoy viejo, si les gusta pensar así (aunque hoy en día para estos pokemones y pelolais del averno cualquier cosa más arriba de 18 es ser viejo... pobres niñitos), pero a la vez sabio e ignorante.

Aún me faltan cosas... bastantes más cosas de las que muchos ya tienen a mi edad. Pero en vez de verlas como faltantes, las veo como cosas que están por venir. Eso me deja muy contento y pensando que somos pocos los que tenemos el lujo de cumplir 30 años como yo lo hago.

Muchas gracias a todos quienes me saludaron y se acordaron de este día tan especial en mi vida, y a quienes no se acordaron... ¿No creen que están medio pendejitos como para andar con Alzheimer?

Saludos a todos.

1 comentario:

La Pulenta Periodista dijo...

Ah, bueno. A mí siempre se me olvidan los cumpleaños. Los anoto en agendas, me llegan los avisos al email, da lo mismo. Siempre los olvido. Tiendo a recordar cosas menos importantes (al menos para el resto).

30 años son nada...